En marzo y abril todo se acelera: las amapolas tiñen cunetas, las jaras perfuman con resina luminosa y los cantuesos atraen abejas y mariposas incansables. Entre los arbustos, el ruiseñor ensaya frases nuevas y la curruca cabecinegra reclama territorio. Caminar despacio permite descubrir linarias diminutas y viboreras que ofrecen néctar a cualquier visitante alado con prisa amable.
Cuando el sol aprieta, el espliego pinta laderas con pinceladas violáceas y el tomillo resiste con fragancia que consuela. Los abejarucos patrullan como destellos tropicales y la oropéndola firma notas líquidas en las alamedas. Los campos agostados esconden cardos llenos de semillas para jilgueros, mientras las sombras de encinas invitan a siestas breves y observaciones atentas.
Tras las tormentas de final de verano afloran azafranes silvestres y, si el frío se retrasa, narcisos tempraneros saludan desde praderas humildes. Los petirrojos regresan confiados, los mirlos rebuscan en suelos mullidos y las lluvias rellenan charcas diminutas donde libélulas tardías y lavanderas blancas comparten espejo y pesca delicada entre luces ya inclinadas.